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Iglesias de Chiloé

Las iglesias de Chiloé, tanto las declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el año 2000, como las demás pertenecientes a la Escuela Chilota de Arquitectura en Madera, poseen elementos y características particulares que les han valido el aprecio mundial.

Las iglesias fueron construidas con una exquisita técnica arquitectónica que nace del oficio del carpintero de ribera y la influencia de técnicas aportadas en el proceso de evangelización. El resultado es una arquitectura única en América.

Poseen una serie de técnicas de ensambles, empalmes y uniones de madera. Las cuales se reforzaban con tarugos y clavicotes.

Las iglesias actuales son centenarias pero representan en muchos casos una edificación de tercera o cuarta generación, debido a que cuando colapsaban o se incendiaban, se reconstruían en el mismo lugar con el aporte de materiales y trabajo de la comunidad.

Actualmente algunas de estas iglesias han sido restauradas en sus estructuras más debilitadas para evitar que colapsen por el paso del tiempo. La labor ha sido asumida por la Fundación Amigos de las Iglesias de Chiloé y se respetan todos los sistemas constructivos propios de la Escuela Chilota de Arquitectura en Madera.

En cada intervención se trabaja como se hacía originalmente, con cuadrillas de carpinteros chilotes y la utilización de las técnicas ancestrales con maderas de la zona.

Los templos siguen siendo utilizados hasta hoy para lo que fueron creados, manteniendo las tradiciones centenarias. Así, las iglesias son valoradas por lo que representan como Patrimonio Vivo, trascendiendo el valor netamente arquitectónico.

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Historia

En el momento en que llegan los colonos españoles al archipiélago, el territorio se encontraba habitado principalmente por dos pueblos: chonos y veliches. Canoeros y nómades marinos, los chonos vivían en el sector nororiental del archipielago. Los veliches, por su parte, migraron desde el continente, y se considera que son parte del sistema cultural mapuche-huilliche; ellos habitaban la zona occidental de la Isla Grande, dedicados principalmente a la caza, la recolección, el cultivo de algunos vegetales y el cuidado de animales.

Si bien los españoles conocieron la existencia del archipiélago de Chiloé hacia 1540, su ocupación no se inicia sino hasta 1567. Emulando el patrón de asentamiento de la población indígena, los españoles se asentaron en la costa del mar interior, en la parte oriental de la Isla Grande. Desde ahí llevaron a cabo la evangelización y colonización de la población. En general, los españoles evitaron concentrarse en ciudades, estrategia que les permitía protegerse mejor de los ataques de piratas y corsarios.

Durante el siglo XVIII, el archipiélago experimenta un alza en la explotación maderera, lo que explica el predominio de este material en la construcción local. En ese mismo siglo, y debido a su importancia estratégica, tras la expulsión de los jesuitas del continente en 1767, Chiloé fue apartado de la Capitanía General de Chile, pasando a ser parte del Virreinato del Perú. Por ello, se convirtió en el último bastión de la monarquía española en el Reino de Chile.

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Misión circular

Se conoce como Misión Circular al método pastoral mediante el cual misioneros jesuitas, y luego franciscanos, evangelizaron gran parte del archipiélago de Chiloé. En ella las distintas localidades eran visitadas por los sacerdotes en un recorrido anual que zarpaba desde la ciudad de Castro, a fines de septiembre o inicios de diciembre.

Pese a que la evangelización de las islas comenzó con mercedarios y franciscanos, fueron los jesuitas quienes a principios del siglo XVII iniciaron con éxito la Misión Circular. Inicialmente fue comandada por Melchor Venegas y Juan Bautista Ferrufino, quienes arribaron a Chiloé en 1608. Para 1611 ya habían extendido su radio de acción al archipiélago de los chonos y a las islas de las Guaitecas y Guayaneco. Para dar continuidad a sus misiones, los jesuitas establecieron pequeños puntos de apoyo, donde edificaban capillas vinculadas a las residencias de Castro. Inicialmente estos puntos fueron Quinchao, Chonchi y Cailín.

A mediados del siglo XVII la Misión se reforzó con la presencia de fray Jerónimo de Oré, quien recorrió el archipiélago bautizando y confirmando a quienes habían sido evangelizados. En el mismo periodo, ya hacia 1673, se construyó el colegio del Dulce Nombre de Jesús en Castro, conformándose así una estructura de cabecera, que contemplaba varios templos dispersos en el entorno. Tras la expulsión de la compañía de Jesús, el Obispo de Concepción ordenó que los franciscanos se hicieran cargo de sus bienes y rearticularan las misiones.

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Arquitectura

Las iglesias patrimoniales de Chiloé pertenecientes a la Escuela Chilota de Arquitectura Religiosa en Madera, las distingue una técnica arquitectónica en la que se mezclan saberes ancestrales y estilos aportados por el proceso de evangelización. Esta escuela refleja la creatividad y pericia que nace del oficio de carpinteros que se han formado en la costa y en las riberas de los ríos, especializándose en construcciones navales. La construcción es también resultado de una depurada técnica de ensambles, empalmes y uniones fijadas con tarugos de madera que prescinden o reducen la utilización de clavicotes de fierro.

Se habla de una tipología arquitectónica de las iglesias chilotas, pues todas ellas comparten un esquema básico, que presenta cinco elementos constitutivos:

1. La explanada frente a las iglesias que puede estar delimitada de forma natural por arboledas o desniveles, o bien artificial, constituyendo plazas.

2. La forma básica de la iglesia misional de Chiloé está conformada por un gran volumen horizontal, que tiene un techo de dos aguas, el cual se ensambla con un cuerpo vertical: la torre-fachada.

3. El volumen horizontal posee diversas dimensiones dependiendo de su uso como templo de peregrinación y del número de fieles que se congregan en él.

4. La ornamentación otorga singularidades a cada templo.

5. El modelo estructural-constructivo se ha mantenido sin variaciones hasta la fecha.

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Comunidad

Una de las principales características de la religiosidad chilota es el importante rol que cumplen las comunidades en el cuidado y mantención tanto de sus tradiciones como de los templos. Este rol permanece vivo en las comunidades y aunque en sus actividades, no siempre cuenta con la presencia física de sus sacerdotes, ellas reciben permanente cursos de formación y asistencia religiosa, manteniendo así la unidad de la tradición y doctrina en la iglesia. Su origen se remonta a las características del propio proceso evangelizador, plasmado en lo que se ha denominado como La Misión Circular. Una vez que los misioneros fueron creando comunidades de creyentes entre las poblaciones indígenas, y en vistas de lo esporádico de sus visitas a las islas, se decidió designar en cada localidad a residentes que cumplieran el rol de preservar el orden y cuidando las iglesias. Otros fueron designados para prestar servicios religiosos básicos a los otros creyentes.

De esta manera, desde el principio se designó al patrón, un “hombre de juicio” que, en ausencia de los sacerdotes, se ocupaba de velar por las iglesias.

Otro rol fundamental designado entre los miembros de la comunidad fue el fiscal, una figura que sirve hasta el día de hoy como mediador entre el sacerdote y los fieles. Se trata de hombres de buena voluntad y con formación, que en que en cada comunidad atienden algunas de las principales necesidades pastorales, tales como animar la lectura de la Biblia, reuniones de evangelización, oraciones propias de cada comunidad, diversas novenas y entonar los cantos sagrados dominicales. Por otra parte, visitan a los enfermos y acompañan moribundos. Cuando alguien fallece celebraran su responso, acompañan la sepultación y rezan la novena en su memoria.

Son las comunidades en su conjunto las que se ocupan de mantener esta tradición religiosa: ellas han construido y reconstruido, reparado y restaurado sus templos; han habitado, decorado y plasmado en ellos su visión de mundo.

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Restauración

Así como las condiciones geográficas y climáticas de Chiloé han propiciado el surgimiento de su religiosidad tradicional y de la arquitectura que la acompaña, procurando también los materiales, le han -al mismo tiempo- impuesto una condición: la permanente necesidad de mantener, restaurar y reparar los templos.

Cada proceso de este tipo era, en la antigüedad, impulsado por las comunidades locales, que se organizaban, financiaban y tomaban decisiones. A su vez, y hasta el presente, los miembros de estas comunidades son quienes entregan su tiempo para llevarlos a cabo, pues de generación en generación han ido cultivando saberes en torno al oficio de la construcción, carpintería y talla en madera, que permiten recrear estas iglesias al modo de las originales. Ellos se denominan carpinteros de ribera, pues su conocimiento surge tanto del conocimiento de los recursos locales y de las posibilidades de los distintos tipos de madera nativa del territorio, como de la sabiduría que emerge del vínculo con el mar y la navegación que ha marcado desde siempre a los habitantes de Chiloé.

En las últimas décadas, las comunidades han sido apoyadas en esta tarea por la Fundación Amigos de las Iglesias de Chiloé, que se ocupa de monitorear los templos y así conocer el estado de deterioro, lo que permite elaborar proyectos de conservación y protección, como también, proyectos de restauración patrimonial de las iglesias más dañadas. Buena parte de las iglesias ya han sido intervenidas gracias a este apoyo.